
La inteligencia artificial ya se está usando para contar el patrimonio. Genera textos de sala, escribe guiones de audioguía, traduce contenidos, produce voces. Y se va a usar cada vez más, porque abarata y acelera un trabajo que muchas instituciones no pueden asumir de otra forma. Negar esa realidad no protege el patrimonio; ignorarla, tampoco. La pregunta útil no es si conviene frenar la IA, sino cómo usarla con criterio.
Este artículo intenta responder a esa pregunta sin caer en los dos extremos habituales: ni el entusiasmo que promete que la IA lo resuelve todo, ni el rechazo que la trata como una amenaza para la cultura. Entre esos dos discursos hay un espacio sensato, y es donde debería situarse cualquier institución responsable.
El riesgo real: la IA inventa
El problema más serio de usar IA para contar el patrimonio no es filosófico, es concreto: los modelos de lenguaje inventan. Cuando no tienen información suficiente sobre un lugar poco documentado —una ermita rural, un yacimiento pequeño, una pieza secundaria— la IA no dice "no lo sé". Rellena el hueco con algo que suena verosímil pero que puede ser falso. Se le llama alucinación, y en patrimonio es especialmente grave, porque el error no lo detecta el visitante: se lo cree.
Una audioguía que atribuye una fecha equivocada a una iglesia, que inventa una leyenda que nunca existió o que confunde a dos personajes históricos no es un fallo menor. Es una institución dando por buena, con su voz oficial, una información falsa. Y una vez publicada, esa versión se propaga: la copian blogs, la repiten otros visitantes, acaba siendo "lo que se dice" de ese lugar. El patrimonio se cuenta mal, y con el sello de quien debía contarlo bien.
Este es el punto donde la crítica al uso indiscriminado de la IA es del todo legítima. Dejar que un modelo genere contenido patrimonial sin control es irresponsable. No porque la herramienta sea mala, sino porque usarla sin criterio produce exactamente el daño que la institución tenía la misión de evitar.
Lo que dicen los organismos de referencia
No es una preocupación aislada. Los principales organismos culturales llevan años señalando la necesidad de un marco ético para la IA en el patrimonio.
La UNESCO adoptó en 2021 su Recomendación sobre la ética de la inteligencia artificial, el primer instrumento normativo global en la materia, orientado a los derechos humanos y la dignidad humana; y más recientemente ha alertado, en su informe sobre IA y cultura, de los riesgos de una dependencia tecnológica sin conciencia crítica. El Parlamento Europeo ha abordado los desafíos de la IA en el patrimonio, recogiendo la petición del propio sector de directrices y metodologías que tengan en cuenta la propiedad intelectual y las cuestiones éticas. Y en España, instituciones como el Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico han organizado jornadas técnicas específicas sobre el uso ético de la IA en el ámbito patrimonial, con el objetivo de redactar documentos de buenas prácticas.
El mensaje común de todos ellos es coherente: la IA puede ser una aliada poderosa para la difusión y la accesibilidad del patrimonio, pero solo si se aplica de forma responsable, con supervisión humana y sin sustituir el criterio experto.
Qué significa usar la IA con criterio
Un uso responsable de la IA en la comunicación del patrimonio no consiste en prohibirla ni en confiar ciegamente en ella. Consiste en ponerle límites claros. En la práctica, hay tres que marcan la diferencia.
Partir solo de fuentes verificables. La IA no debería inventar el contenido, sino organizar y redactar a partir de información real: las fuentes oficiales de la institución, sus catálogos, sus publicaciones. Su papel es el de un redactor que trabaja con documentación fiable, no el de un narrador que improvisa. Si la fuente no existe, el contenido no se escribe: se busca la fuente o se deja fuera.
Mantener la revisión humana. Ninguna descripción, ningún guion, ninguna audiodescripción debería publicarse sin que una persona con criterio la revise. La IA propone; el humano valida. Esa revisión no es un trámite: es lo que separa un contenido riguroso de uno plausible pero incierto.
Ser honesto sobre lo que la IA hace y lo que no. La IA es buena redactando, traduciendo y produciendo voz. No es buena decidiendo qué es verdad. Reconocer esa frontera —y diseñar el proceso para que la máquina no la cruce— es la esencia del uso responsable.
La postura de Tekeum
En Tekeum usamos IA, y lo decimos sin rodeos. La usamos para redactar guiones, traducir a decenas de idiomas y producir voces de calidad. Pero el contenido nunca se inventa: se genera exclusivamente a partir de las fuentes oficiales de cada institución, y siempre pasa por revisión humana antes de publicarse. La regla es simple y no tiene excepciones: si no hay fuente, no hay contenido.
No es una limitación técnica que arrastramos, es una decisión de diseño. Preferimos una audioguía más corta y verificada que una más larga y dudosa. Porque el valor de contar el patrimonio no está en la cantidad de palabras, sino en que cada una de ellas sea cierta.
La IA va a narrar el patrimonio, de una forma u otra. La cuestión es si lo hará con las fuentes oficiales de la institución y con control, o sin ellos. Ahí es donde una institución decide si mantiene el control de su propio relato.
Si quieres ver cómo se aplica este enfoque a tu espacio, cuéntanoslo y preparamos una demostración con obras reales, a partir de tus fuentes. Sin compromiso.
Fuentes: UNESCO, Recomendación sobre la ética de la inteligencia artificial (2021) e informe «Artificial Intelligence and Culture» para MONDIACULT; Parlamento Europeo, informe sobre IA en el contexto del patrimonio cultural y los museos; Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico (IAPH) y Asociación de Museología y Museografía de Andalucía (AMMA), jornada técnica sobre uso ético de la IA en el ámbito patrimonial.